En
la parte derecha del crucero de la iglesia se encuentra una estatua
de la Virgen con el niño, ante la que a lo largo de un siglo
se han acercado a rezar millones de peregrinos.
El
papá de Santa Teresia, Don Luis Martin, venía con frecuencia
a rezar ente la estatua de Nuestra Señora de las Victorias
durante sus cursos de relojería en 1850. Trece años
más trade la señora Martin aconsejaba a su hermano Isidoro,
estudiante de farmacia, que fuese también él periódicamente,
para ponerse bajo la protección de la Virgen.
Las
familias Marttin y Guerin conservarán durante toda su vida
una gran devoción a Nuestra Señora de las Vistorias.

Entrada Basílica
Nuestra Señora de las Victorias
En
mayo de 1883, el Sr.Martin, al ver que la medicina no consegupia curar
a Teresita, encargó una novena de misas en el altar de Nuestra
Señora de las Victorias. Y precisamente durante esa novena,
el 13 de mayo de 1883, fiesta de pentecostés, Teresita se curó
de repente al ver a la virgen sonriéndole.
El
4 de noviembre de 1887, antes de partir en peregrinación para
roma, Teresa se siente feliz de poder acercarse a la Iglesia de Nuestra
Señora de las Victorias para agradecerle ahí a la virgen
su portentosa curación.

Además
ahí, ante su altar, se siente definitivamente liberada de los
escrúpulos que la venian atormentando desde hacía más
de cuatro años. La santísima Virgen le hizo sentir que
había sido realmente ella quien le había sonreído
y quien la había curado.
En
adelante no volverá a dudar ni un solo instante de haber sido
favorecida, a la edad de diez años, por la sonrisa de la Virgen.
"Comprendí -escribe- que velaba por mí y que yo
era su hija, y que, entonces, yo no podía ya darle otro nombre
que el de Madre..." (Manuscrito A 56v)
En
una estampa de Nuestra Señora de las Victorias, Teresa pegó
la florecita, que su padre había arrancado de una pared del
jardín de los Buissonnets el 19 de mayo de 1887 -otro domingo
de pentecostés- después de darle permiso para entrar
al Carmelo cuando cumpliese quince años.
Teresita
conservaba cuidadosamente esta estampa -y la reliquia de su padre-
en su libro de la Imitación de Cristo. Y al dorso de esta estampa
escribirá con mano temblorosa, el 8 de septiembre de 1897,
séptimo aniversario de su profesión, su última
oración a la Virgen: ¡¡¡María, si
yo fuese la Reina del cielo y tu fueras Teresa, quisiera ser Teresa
para que tu fueses la Reina del Cielo!!!
Estas
fueron las últimas líneas que escribió Teresita
en la tierra.
A
partir del 16 de Julio de 1897, colocaron en la enfermería
una pequeña estatua de la Virgen de la Sonrisa, la noche siguiente
a las dos de la mañana, Teresita expresó su deseo de
pasar su cielo haciendo el bien en la tierra.
Y
la víspera de su muerte, Teresa miraba una vez más,
como acariciándola, una imagen de la Virgen de las Victorias
pegada al dorso de una estampa de Juana de Arco. Se puede decir que
hasta el final de su vida, a Teresa le gustó mirar a esta Virgen
y hablarle de su confianza y de su amor.
