De
manera especial el día de hoy mis hermanos, como cada año,
unámonos junto a Teresita, acompañémosla en el
momento en que tiene ese éxtasis de amor y "Entra en la
Vida".
Efectivamente
ella muere de Amor, nos da un gran testimonio de entrega incondicional
por su ideal... Jesucristo.
En
este día la prueba máxima, eldía de mañana
el gozo por su glorificación alcanzada...

Enfermería del Carmelo en la actualidad.
30 de Septiembre 1897.
+
Jueves,
día de su preciosa muerte.
Por la mañana, estuve velándola durante la Misa. No
me decía ni una palabra. Estaba agotada, jadeante. Adivinaba
que sus sufrimientos eran indecibles. Juntó un momento las
manos, y mirando la estatua de la Santísima Virgen:
¡Con
qué fervor la he invocado! Pero es la agonía pura, sin
mezcla alguna de consuelo.
Le dije algunas palabras de compasión y de cariño, y
añadí que me había edificado mucho durante su
enfermedad.
¿Y
tú? ¡Todos los consuelos que me has proporcionado...!
¡Han sido muy grandes!
Se puede decir sin exagerar que pasó todo el día, sin
un solo instante de respiro, entre verdaderos tormentos.
Parecía estar al límite de sus fuerzas, y sin embargo,
con gran sorpresa nuestra, podía moverse y sentarse en la cama.
... ¡Ya veis, nos decía, con cuántas fuerzas
me encuentro hoy! ¡No, no estoy para morir! ¡Tengo todavía
para meses, tal vez para años!
Y si Dios así lo quisiera, dijo nuestra Madre, ¿lo
aceptarías?
Comenzó a contestar, sumida en la angustia:
No habría más remedio...
Pero rehaciéndose enseguida, dijo con acento de resignación
sublime, dejándose caer sobre las almohadas:
¡Lo acepto!
Pude recoger las siguientes exclamaciones, pero es imposible reproducir
el acento con que las dijo:
Ya no creo en mi muerte... Ya no creo más que en el sufrimiento...
Pues bien, ¡mejor que mejor!
¡Dios mío...!
¡Amo a Dios!
¡Querida Virgen Santísima, ven en mi ayuda!
Si esto es la agonía, ¿qué será la muerte?
¡Ay, mi buen Dios...! Sí, es muy bueno, me parece muy
bueno...
Mirando a la Santísima Virgen:
¡Tú sabes que me estoy ahogando!
A mí:
¡Si supieras lo que es ahogarse!
Dios te ayudará, pobrecita, y pronto terminará todo.
Sí, ¿pero cuándo?
... ¡Dios mío, ten compasión de tu pobre hijita!
¡Ten compasión de ella!
A nuestra Madre:
¡Ay, Madre, le aseguro que el cáliz está
lleno hasta los bordes...!
... Pero Dios no me abandonará, seguro...
... Nunca me ha abandonado.
... Sí, Dios mío, todo lo que quieras, ¡pero ten
piedad de mí!
... Hermanitas, hermanitas, ¡rezad por mí!
... ¡Dios mío, Dios mío! ¡¡Tú
que eres tan bueno!!
... ¡Sí, eres bueno! Lo sé...
Después de Vísperas, nuestra Madre le puso sobre
las rodillas una estampa de Nuestra Señora del Carmen.
La miró un instante y, cuando nuestra Madre le dijo que pronto
acariciaría a la Santísima Virgen como el Niño
Jesús lo hacía en aquella estampa, dijo:
Madre, presénteme pronto a la Santísima Virgen,
¡que soy un bebé que no puede más...! Prepáreme
a bien morir.
Nuestra Madre le contestó que, como ella siempre había
comprendido y practicado la humildad, ya estaba preparada. Reflexionó
un instante y pronunció humildemente estas palabras:
Sí, me parece que nunca he buscado más que la
verdad. Sí, he comprendido la humildad del corazón...
Me parece que soy humilde.
Y volvió a repetir:
Todo lo que he escrito sobre mis deseos de sufrir es, con
todo, una gran verdad.
... Y no me arrepiento de haberme entregado al Amor.
Con insistencia:
No, no me arrepiento, ¡al contrario!
Un poco más tarde:
¡Nunca hubiera creído que fuese posible sufrir
tanto (*)! ¡Nunca! ¡Nunca! No puedo explicármelo,
a no ser por los ardientes deseos que he tenido de salvar almas.
(*) No se le administró ni una sola inyección de
morfina.
Hacia las cinco, yo estaba sola a su lado. Su semblante cambió
de pronto y comprendí que era la última agonía.
Cuando la comunidad entró en la enfermería, acogió
a todas las hermanas con una dulce sonrisa. Tenía en las manos
el crucifijo y lo miraba sin cesar.
Durante más de dos horas, desgarró su pecho un terrible
estertor. Tenía el rostro congestionado, las manos amoratadas,
los pies helados y le temblaban todos los miembros. Un sudor abundante
perlaba su frente con gotas enormes y le resbalaba por las mejillas.
La opresión era creciente y de vez en cuando, para respirar,
emitía débiles gritos involuntarios.
Durante todo este tiempo, tan cargado de angustia para nosotras, entraba
por la ventana ―y me hacía sufrir mucho todo un
gorjeo de petirrojos y de otros pajarillos, ¡pero tan fuerte,
tan cerca y tan largo rato! Yo pedía a Dios que los hiciese
callar, pues aquel concierto me traspasaba el corazón y temía
que fatigase a nuestra pobre Teresita.
En un determinado momento, parecía tener tan reseca la
boca, que sor Genoveva, pensando aliviarla, le puso en los labios
un trocito de hielo. Ella lo aceptó, dirigiéndole una
sonrisa que jamás olvidaré. Era como un supremo adiós.
A las seis, cuando sonó el ángelus, miró largamente
la estatua de la Santísima Virgen.
Por fin, a las siete y algunos minutos, habiendo despedido nuestra
Madre a la comunidad, suspiró:
Madre, ¿no es esto aún la agonía...? ¿No
me voy a morir...?
Sí, pobrecita mía, es la agonía, pero tal
vez Dios quiera prolongarla algunas horas.
Ella continuó valientemente:
Pues bien... ¡adelante...! ¡adelante...!
No quisiera sufrir menos tiempo...
Y mirando al crucifijo:
¡Lo amo...!
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¡Dios mío..., te amo!
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