Un
día como hoy, 29 de septiembre, pero del año 1897, el
día de la víspera de la "entrada a la vida"
de San ta Teresita, sus hermanas nos comparten la intensidad de la
prueba por la que pasaba, pero además nos vislumbran la calidad
de Ser Humano que fue Teresita...
Leamos
y meditemos en lo que en esta víspera nos enseña la
pequeña de Lisieux.
Desde la madrugada, parecía estar en agonía. Tenía
un estertor muy penoso y no podía respirar. Fue llamada la
comunidad, que se reunió alrededor de su cama para recitar
las preces del Manual. Al cabo de una hora, poco más o menos,
nuestra Madre despidió a las hermanas.
A mediodía, dijo a nuestra Madre:
Madre, ¿es esto la agonía...? ¿Cómo haré
para morir? ¡No voy a saber morir...!
Volví a leerle algunos pasajes del Oficio de San Miguel
y las preces de los agonizantes en francés <28>. Cuando
mencioné a los demonios, hizo un gesto infantil, como para
amenazarles, y exclamó sonriendo:
¡Oh! ¡Oh!,
con un tono de voz que quería decir: No les tengo miedo.
...
Después de la visita del doctor, le dijo a nuestra Madre:
¿Es para hoy, Madre?
Sí, hijita.
Una de nosotras dijo entonces: Hoy Dios está muy alegre.
¡Y yo también!
¡Qué
felicidad si muriese ahora mismo!
... ¡Cuándo me ahogaré del todo...! ¡No
puedo más! ¡Que recen por mí...! ¡Jesús!
¡María!
¡Sí! Quiero..., acepto...
Vino sor María de la Trinidad, y, al cabo de unos instantes,
ella le pidió con mucha amabilidad que se retirara. Cuando
se marchó, yo le dije: ¡Pobrecita! ¡Te quería
tanto!
¿He hecho mal diciéndole que se fuera?
Y su rostro cobró una expresión de tristeza, pero
yo la tranquilicé inmediatamente.
(6 de la tarde). Se le había metido en una manga una especie
de insecto, y la molestaban para sacarlo:
Dejadlo, no importa.
Sí, que te va a picar...
No, dejadlo, dejadlo, os aseguro que conozco bien a esos animalitos.
Yo
tenía un fuerte dolor de cabeza y cerraba los ojos, muy a pesar
mío, al mirarla.
Duérmete... y yo también.
Pero ella no podía dormir, y me dijo:
¡Ay, Madre, cómo me duelen los nervios!
Durante la recreación de la noche:
... ¡Ay, si supierais!
(Si supierais cómo sufro.)
Quisiera sonreíros continuamente, ¡y os doy la
espalda! ¿Os disgusta?
(Era durante el silencio.)
Después de Maitines, cuando nuestra Madre vino a verla, tenía
las manos juntas, y dijo con voz dulce y resignada:
Sí, Dios mío, sí, Dios mío, lo
acepto todo...
Es atroz lo que estás sufriendo, ¿verdad?, dijo nuestra
Madre.
No, Madre, no es atroz, pero es mucho, mucho..., justo lo
que puedo soportar.
Pidió quedarse sola durante la noche, pero nuestra Madre
no quiso. Sor María del Sagrado Corazón y sor Genoveva
se repartieron el consuelo de velarla (*). Yo me
quedé en la celda contigua a la enfermería, que da al
claustro.
(*) Los Cuadernos verdes añaden:
No había consentido que pasasen las noches junto a ella
durante su enfermedad.
La noche del 29 al 30 de septiembre, que fue la última de su
vida, insistió aún en que la dejaran sola. Por fin,
sor María del Sagrado Corazón y sor Genoveva consiguieron
compartir ese consuelo... La vieron atenta únicamente a no
turbar el descanso de la que la velaba. ¡Y sin embargo, ¡qué
sufrimientos soportó!
Sor María del Sagrado Corazón, después de darle
una poción, se durmió, ¡y cuál no sería
su enternecimiento cuando, al despertarse, vio que la pobrecita seguía
sosteniendo en sus manos, temblorosas de fiebre, el vasito, esperando
pacientemente a que su hermana se despertase para que volviera a ponerlo
sobre la mesa!