En tiempos de
Teresa, estampas y sermones representan, a Jesús como El que,
por amor, está encerrado tras la puerta de los sagrarios. El
Divino Prisionero espera, a su vez, que el alma fiel le visite, le
dé las gracias y sea feliz, también ella, de vivir humildemente
y escondida.
Un ideal particularmente
querido por el corazón de una carmelita. A
ejemplo de Jesús-Hostia, ella quiere vivir, tras las rejas
del monasterio, como "prisionera de amor".
Teresita, siendo
un día la encargada de limpiar el altar del santuario, realizó
un gesto y es sorprendida por Sor Marta que estaba con ella en la
capilla para ayudarla en el trabajo. Sentada en el altar, había
llamado a la puerta del sagrario murmurando: "Jesús,
¿estás ahí?".