Fue
hacia 1664 cuando comenzó en la Ciudad de Alencon la fabricación
de los célebres encajes que toman el nombre de "Punto
de Alencon". El ministro hizo traer de Venecia una treintena
de hábiles obreras para lanzar la empresa.
El Punto de Alencon se
confecciona con hilos de lino de extremada finura sirviéndose
de agujas, casi imperceptibles, combinadas con el hilo. Se hace totalmente
a mano.
Había en Alencon
escuelas profesionales para iniciar a las jóvenes en el trabajo
de los distintos puntos. En los pensionados e instituciones se daban
cursos con la misma finalidad, a fin de desarrollar esta industria
que hacía famosa a la ciudad.
En la dirección
de su oficina, Celia Guerin recibía a las obreras, les repartía
el trabajo y las controlaba; ella trabajaba personalmente el tul,
reparando con gran habilidad los desgarrones que inevitablemente se
producían, a lo largo de todas las manipulaciones de las obreras,
y reponía si era necesario el ensamblaje.
El
papel de Luis Martin era escoger los diseños, que hacía
componer con gusto pues era un artista. Para este trabajo precisaba
viajar con frecuencia a París, donde se ocupaba igualmente
de los suministros y de los encargos que hacían las tiendas.
Además se reservaba la perforación de los dibujos en
el pergamino, trabajo bastante duro, que se realizaba en un cojín,
con agujas especiales.
Una
vez casados, Celia transfiere su "oficina" a la casa de
su marido. Por su trabajo laborioso, coronado de éxito, se
encuentran bastante desahogados económicamente hablando. Luis
posee una casa con jardín, aspi como la propiedad llamada "el
pabellón"; además de los fondos del comercio de
la relojería aporta 11 000 francos (que coresponden a unos
75 000 dólares americanos a principios de 1995). Celia lleva
como dote y como fruto de sus ahorros personales alrededor de 5 000
francos.

Herramienta
de trabajo de Celia Guerin