El Carmelo, el instituto del que Teresa entró a hacer parte, era bastante limitado respecto al género de mujeres que atraía, como al tipo de actividades que desarrollaban.

Detrás de los muros del convento, Teresa llevó una tranquila vida "doméstica". No enseñó a niños, no curó a enfermos pobres, ni se empeño en un apostolado misionero (a pesar de su atracción por las misiones).

Tampoco llevó a cabo el trabajo duro de una Hermana de la Caridad. Sin embargo, en aquellas condiciones de vida, y a través de ellas, con todos sus límites, Teresa encontró un camino lleno de confianza y de amor; un camino que superaba cualquier temor u obstáculo para acercarse a Dios.

 

Buena por naturaleza, comprendió intuitivamente que la bondad no es santidad. La santidad no es algo que se pueda alcanzar únicamente con esfuerzo propio.

La Santidad es Dios que toca y transforma incluso la vida más banal. Sólo se necesita el valor de pedir este don, el valor de un niño que cree totalmente en el amor y la generosidad de un padre que lo ama.

Teresa leía a menudo los Evangelios y aprendió así a pasar del dios del mérito y de la recompensa al Dios del amor incondicional.


En los evangelios descubrió a un Dios que ama al débil y al imperfecto, a los pecadores y a las prostitutas, a los leprosos y a los cobradores de impuestos.

Teresa buscó transformar todos los acontecimientos grandes y pequeños de su vida en actos de amor, porque finalmente sólo el amor cuenta. Ella tenía el toque del rey Midas. Todo era un tesoro ofrecido por Dios; al tocarlo descubría el oro escondido. Reveló un camino hacía la santidad al alcance de todos, fijando su atención en un Dios de compasión que acoge a los pecadores y a los"pequeños". La enseñanza de Thérèse ha entrado en la espiritualidad católica tanto que ahora la consideramos un patrimonio.

.Después de su muerte, cuando las hermanas prepararon la publicación de sus manuscritos, su ejemplo y enseñanza sorprendieron al mundo: una joven común había alcanzado la santidad a través de un camino que cualquiera podría recorrer. La gente no simplemente la admiraba, la amaba.

Bajo la elegante apariencia burguesa, el lenguaje sentimental, las rosas y el encaje, latía un corazón auténtico, fiel y valeroso. Teresa fue conocida y aclamada por miles de personas que leyeron su autobiografía y pidieron su canonización. Teólogos examinaron su doctrina y Papas la alabaron. Su influencia no ha tenido par en los tiempos modernos. Sin embargo, se había escondido a los quince años en un convento y poquísimos, fuera de su familia, la conocían.

En definitiva, ¿qué tenía para decir? ¿es su mensaje todavía válido para los hombres de hoy como lo fue para los de ayer? Sí, porque es sencillamente la enseñanza del Evangelio, eternamente válido, antiguo pero siempre nuevo.

La Santidad es don de Dios. Si queremos, también nosotros podemos recibirlo. Sólo debemos abandonarnos a la vocación particular que Dios nos ha dado, y hacerlo con amor.

Como escribió Thérèse: "Pido el amor, el amor es la única capacidad que necesito".

 


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publicada el 20 de Diciembre del 2005.

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