En
los evangelios descubrió a un Dios que ama al débil
y al imperfecto, a los pecadores y a las prostitutas, a los leprosos
y a los cobradores de impuestos.
Teresa
buscó transformar todos los acontecimientos grandes y pequeños
de su vida en actos de amor, porque finalmente sólo el amor
cuenta. Ella tenía el toque del rey Midas. Todo era un tesoro
ofrecido por Dios; al tocarlo descubría el oro escondido. Reveló
un camino hacía la santidad al alcance de todos, fijando su
atención en un Dios de compasión que acoge a los pecadores
y a los"pequeños". La enseñanza de Thérèse
ha entrado en la espiritualidad católica tanto que ahora la
consideramos un patrimonio.
.Después
de su muerte, cuando las hermanas prepararon la publicación
de sus manuscritos, su ejemplo y enseñanza sorprendieron al
mundo: una joven común había alcanzado la santidad a
través de un camino que cualquiera podría recorrer.
La gente no simplemente la admiraba, la amaba.
Bajo
la elegante apariencia burguesa, el lenguaje sentimental, las rosas
y el encaje, latía un corazón auténtico, fiel
y valeroso. Teresa fue conocida y aclamada por miles de personas que
leyeron su autobiografía y pidieron su canonización.
Teólogos examinaron su doctrina y Papas la alabaron. Su influencia
no ha tenido par en los tiempos modernos. Sin embargo, se había
escondido a los quince años en un convento y poquísimos,
fuera de su familia, la conocían.
En
definitiva, ¿qué tenía para decir? ¿es
su mensaje todavía válido para los hombres de hoy como
lo fue para los de ayer? Sí, porque es sencillamente la enseñanza
del Evangelio, eternamente válido, antiguo pero siempre nuevo.
La
Santidad es don de Dios. Si queremos, también nosotros podemos
recibirlo. Sólo debemos abandonarnos a la vocación particular
que Dios nos ha dado, y hacerlo con amor.

Como
escribió Thérèse: "Pido el amor, el amor
es la única capacidad que necesito".