En su lenta y dolorosa maduración, Thérèse descubrió el núcleo de la buena nueva. No era ella la que había elegido a Dios (aunque al principio le había parecido así): Dios la había elegido.

Y esto no por su juventud o su fervor, su educación religiosa o la fiel observancia a la regla carmelita, no por su fuerza o la voluntad de su vida heroica: Dios la había elegido sólo por amor, y ella había respondido con la confianza de un niño.

Dios había sido misericordioso con una criatura débil, imperfecta y necesitada. Todo era don, todo era gracia.

Aquí está el descubrimiento, o mejor el redescubrimiento, de un camino abierto para todo el que busque la santidad.

La santidad consiste en el Amor: Dios nos amó primero y espera nuestra respuesta. Si Dios pudo hacer de Teresa una santa, entonces hay esperanza para todo el que desee la santidad como ella.

El camino es sencillo: una fe absoluta, la fe de un niño en su Padre que lo ama.

Teresa llamó a todo esto su "caminito" y lo ancló en la palabra de Dios.

Sencillo pero no "fácil", el "caminito" desafía nuestra idea de santidad entendida como empresa personal, fortaleza de carácter y cumplimiento sin derogación de leyes y reglas.

Nos inserta en la santificación de la realidad, aquí y ahora, en una vida común, vivida en el abandono a la providencia de Dios.


Poco antes de su muerte Teresa escribió: "Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que la más pequeña entre ellas, el alma de su Teresa, ninguna desesperaría de llegar a la veta de la montaña de amor, porque Jesús no pide grandes acciones, sino sólo el abandono y el reconocimiento"

Durante sus últimos meses Teresa comprendió con profunda e inexpresable certeza, que había alcanzado la santidad porque había sido amada y había respondido amando. Había creído en Dios y Él no la había desilusionado. Y el camino que siguió estaba abierto para todos los que quisieran emprenderlo.

Al contrario de los método tradicionales de formación espiritual que requieren numeroso hechos verificables de virtud, el camino de Teresa pide sólo una cosa: "Mi Maestro, Jesús, no me enseña a contar mis acciones, sino a hacer todo por amor... y todo esto en la paz, en espíritu de abandono. Es Jesús quien hace todo, yo no hago nada"

Carta 121, 6 de julio de 1893

Continúa Santa de nuestro tiempo...


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publicada el 20 de Diciembre del 2005.

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