
Teresita y sus hermanas
También
Teresa, hacia el final de su vida, enfrentó un período
de gran oscuridad, cuando le pareció haber perdido la fe. Tuvo
por primera vez la conmovedora experiencia de la ausencia de Dios,
unida en su caso a los estragos de la tuberculosis y a las contradictorias
reacciones ante la previsión de una muerte inminente.
A
los veinticuatro años Teresa estaba muriendo. El jueves santo
de marzo de 1896 comenzó a sufrir hemóptisis. Lo confió
a la superiora, Madre María de Gonzaga, pero pidió que
no le dieran ningún tratamiento especial y no recibió
ninguno. La tuberculosis avanzó rápidamente.

De
noche sufría ataques de tos, fiebre y agotamiento. Su superiora,
que consideraba todo esto oportuno "para el bien del alma de
Teresa" se negó a la administración de morfina.
"Sufro
-dijo- un minuto tras otro". Parecía que Dios la había
olvidado.
Sin
embargo, esta joven, que llevó una vida tan sencilla, pronto
fue reconocida como santa. En su turbación y aparente derrumbe
había combatido por amor, para vivir según su ideal.
Había buscado responder con plena fe al Señor de su
corazón y seguir el evangelio.
Había
permanecido firme con una fe inamovible, y había triunfado.

Continúa
Doctora de almas ...