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Su
primera comunión fue un día de gracia, de encuentro
personal con Jesús. Decidió entregarse por completo
a Él, aunque se sentía muy limitada y débil.
Cuando
cumplió catorce años, el pensamiento de la vida religiosa
que cultivaba hacía ya mucho tiempo, recibió un nuevo
impulso. Quería unirse a sus hermanas María y Paulina
en el Carmelo de Lisieux, pero se le consideraba muy joven para enfrentar
semejante estilo de vida.
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El
padre, sin embargo, dio su consentimiento, y ella decidió luchar
para obtener el permiso necesario, acudiendo primero ala superiora
del convento y luego al obispo.
Cuando
el obispo se mostró dudoso, Thérèse, junto a
su padre y a la inseparable Celina, se unió a una peregrinación
a Roma, decidida a pedir al Pontífice mismo el cumplimiento
de su petición.
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Fue
una experiencia de gran apertura para una joven provinciana, con todo
lo que comportó un largo viaje culminado con la audiencia papal
a los peregrinos. Celina y Teresa hacían fila junto a otras
mujeres, con un velo negro que cubría sus cabellos rubios.
De improviso, Thérèse sintió que perdía
el valor. Se le dijo que los presentes no debían hablar con
el Santo Padre, ¡Y ella siempre había sido obediente!
temblaba al acercarse al trono de León XIII.
"¡Habla!",
le dijo Celina la intrépida (el sobrenombre que le había
dado la familia). Thérèse reunió todo su valor
y pidió al Papa el permiso para entrar en el Carmelo a los
quince años. Estaba tan emocionada que repitió su petición,
apretándole las rodillas, mientras las lágrimas corrían
abundantemente sobre su rostro, y los guardias pontificios miraban
con desaprobación aquella manifestación emotiva.
El
Papa le aconsejó a Teresa obedecer lo que dijeran los superiores.
Pero esto no bastaba para una joven que había escogido todo.
Insistió, mientras los guardias aflojaban el apretón
de las rodillas del Papa: "Sí, pero si usted dice una
palabra, Beatísimo Padre, todos estarán de acuerdo".
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León XIII debió haber sonreído ante su devota
obstinación, mientras replicaba: "Bien, bien; si Dios
quiere que entres, entrarás". Pobre
Thérèse, tanto esfuerzo y ningún resultado concreto.
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Volvió
desilusionada a Lisieux, pero no había perdido el valor. Después
de Navidad,logró el necesario permiso del obispo.
El
camino se le abría delante.
Así
a los quince años, superados los obstáculos, Thérèse
tocaba las puertas del Carmelo, el 9 de abril de 1888, empeñada
en emprender el camino que había elegido.
Había
recogido su cabello rubio en la nuca y vestía graciosamente
de azul, como una típica adolescente. A su alrededor la familia
lloraba, pero ella seguía tranquila, decidida y resuelta.
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Su
infancia había terminado. Se disponía a convertirse en
santa.

Continúa
Ingreso al Carmelo...
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publicada el 20 de Diciembre del 2005.

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