Es doctrina fundada en el Evangelio, que pone el acento en la pequeñez,
la pobreza y la sencillez de María; y por encima de todo es
una doctrina completamente orientada hacia la santidad: La misión
maternal de María es la de conducir a todos sus hijos "a
la cumbre de la montaña del amor".
Los
símbolos del amor maternal de María para Teresita son:
Su sonrisa, su manto, su velo.
Para
Teresa, como para Francisco, el misterio del pesebre sigue siendo
actual: en él se manifiesta la unión de la Madre con
su Hijo en la pobreza, modelo de nuestra unión con él
en la eucaristía, "donde aparece mucho más pequeño
que un niño".
Con
claridad escribía Teresa a Celina: "Es necesario que este
año hagamos muchos sacerdotes que sepan amar a Jesús...
que le toquen con la misma delicadeza con que María le tocaba
en la cuna". Es exactamente lo que pedía a María
para un futuro sacerdote, el seminarista Mauricio Belliere, su primer
hermano espiritual: "Dignaos enseñarle ya con cunto amor
tocabais al divino Niño Jesús y le envolvías
entre pañales, para que él un día pueda subir
al altar santo y llevar en sus manos al Rey del cielo. Os pido también
que lo guardeis siempre a la sombra de vuestro manto virginal".
En
la contemplación de Teresa, María aparece sencillísima
en su fe y en su esperanza. Es "Madre total" por ser "esperanza
total" y esto especialmente porque ella es pequeña, la
"toda pequeña" por excelencia, "llena de gracias"
de forma infranqueable, más aún que Teresa, porque ha
sido también más pequeña.
Así,
Teresa habla de María sin nombrarla cuando le dice a Jesús:
"Siento que, si por un imposible, encontrases un alma más
débil, más pequeña que a mía, te complacerías
en colmarla de favores mayores aún, si ella se abandonaba con
entera confianza a tu misericordia infinita".
Escribió
estas líneas el 8 de septiembre de 1896, en la fiesta de la
Natividad de María, con la gracia de la pequeñez de
aquella que llegará a ser la Madre de Dios.
(Maria
Santísima, Diccionario de Santa Teresa de Lisieux, Editorial
Monte Carmelo).