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El Locutorio de Teresa
P. Raymond Zambelli

En el corazón de numerosos peregrinos de Lisieux hay un secreto deseo de entrar un día en el Carmelo de Teresa.

Tal deseo, muy legítimo, muy rara vez es escuchado. Hubo que esperar al ciento cincuenta aniversario de la fundación de este Carmelo para que de modo excepcional se abrieran las puertas de la comunidad a unos cientos de invitados; fue en 1988.

Sin embargo, hay un lugar en este Carmelo donde la mirada de todo peregrino entra en la clausura. Es el lugar donde reposa Teresa, el lugar tan venerado de su tumba.

 

 

Me gusta este lugar por todo lo que me ofrece a los ojos. Está en primer lugar, aquella reja que simbólicamente marca la inevitable distancia entre Teresa y nosotros. Distancia que se impone cuando se mide la diferencia entre la santidad de su vida y cada una de nuestras pobres existencias. Distancia que, no obstante, no aleja ni desanima a nadie. Distancia muy necesaria que recuerda a su manera el indispensable respeto que debería envolver todo encuentro con los seres humanos.


Este lugar bendito es, de hecho, un locutorio, El locutorio nos ofrece la posibilidad de estar a cualquier hora del día con quien hemos venido a ver, que nos espera, nos escucha y nos responde.

¡Ah, si estas rejas pudieran hablar! ¡Cuántas oraciones, cuántas peticiones, cuántas confidencias! ¡Cuántos nombres murmurados, cuántos seres queridos confiados a diario!

Aquí los corazones se liberan, las almas se abren. Aquí recibe Teresa nuestros secretos y nuestras promesas.

Aquí Teresa nos contesta con palabras que iluminan, apaciguan, tranquilizan y animan.

Locutorio apacible, silencioso y bienhechor. Verdadero santuario donde la historia de nuestra alma se comunica sin dolor con quien nos ha revelado la suya.

Aquí es donde cada día se escribe esta otra historia de la peregrinación de Lisieux que nunca podrá imprimirse, porque es la más secreta, la más profunda, la más misteriosa, en una palabra, la más incomunicable.

Está la reja, la estatua yacente y luego las flores, esas brazadas de flores, también hablan a su manera y exhalan perfumes que se llaman: cariño, admiración, agradecimiento...

Este lenguaje de las flores de la tumba de Teresa es el lenguaje amante de tantos fieles por quien declaraba aún un mes antes de su muerte: "Me gustan mucho las flores, las rosas, las flores rojas y las bellas margaritas rosadas" (DE 28.8.7)

Es igualmente el lenguaje evangélico del perfume de Betania que se derrama generosamente y que se inscribe en la más pura lógica de Teresa: "¡Ah!, me entrego sin medida, bien segura de que, cuando se ama, nunca se calcula" (P 17, Vivir de Amor).

En tiempos de Teresa había siempre una tercera persona en el locutorio. Bastaba levantar los ojos para identificarla en la persona de la Virgen María, representada con los rasgos de la auténtica y célebre estatua de la Virgen de la Sonrisa. De este modo, en este locutorio del Carmelo de Lisieux, son dos las mujeres que, en realidad, nos acogen, nos escuchan y nos responden...