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Me gusta este lugar por todo lo
que me ofrece a los ojos. Está en primer
lugar, aquella reja que simbólicamente marca la inevitable distancia
entre Teresa y nosotros. Distancia que se impone cuando se mide la
diferencia entre la santidad de su vida y cada una de nuestras
pobres existencias. Distancia que, no obstante, no aleja ni desanima
a nadie. Distancia muy necesaria que recuerda a su manera el
indispensable respeto que debería envolver todo encuentro con los
seres humanos.
Este lugar bendito es, de
hecho, un locutorio, El locutorio nos ofrece la posibilidad de estar
a cualquier hora del día con quien hemos venido a ver, que nos
espera, nos escucha y nos responde.
¡Ah, si estas rejas
pudieran hablar! ¡Cuántas oraciones, cuántas peticiones, cuántas
confidencias! ¡Cuántos nombres murmurados, cuántos seres queridos
confiados a diario!
Aquí los corazones se liberan, las almas
se abren. Aquí recibe Teresa nuestros secretos y nuestras promesas.
Aquí Teresa nos contesta con palabras que iluminan,
apaciguan, tranquilizan y animan.
Locutorio apacible,
silencioso y bienhechor. Verdadero santuario donde la historia de
nuestra alma se comunica sin dolor con quien nos ha revelado la
suya.
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