En
1838 fue fundado el Monasterio de Carmelitas de Lisieux, el mismo
en el que actualmente vive y ora la comunidad de estas monjas contemplativas.
En
1888 entró en él aquella que sería Santa Teresa
del Niño Jesús y de la Santa Faz. Movida por un profundo
instinto espiritual, comprendió que « el Carmelo era
el desierto donde Dios quería que ella se escondiera »,
y no menos sensible a la intuición apostólica que ha
marcado siempre al Carmelo, quiso venir también « para
salvar a las almas y sobre todo para rezar por los sacerdotes ».
Y
todavía hoy las Carmelitas de Lisieux lo hacen: Han escogido
una vida de soledad para Dios, que les permite abrirse a los inmensos
horizontes misioneros de la Iglesia.
Ustedes
que visitan esta Capilla, pueden sentirse en comunión con Santa
Teresa, con las Carmelitas reunidas para vivir en pre¬sencia de
Dios: en la oración silenciosa y confiada descubrirán
lo mejor que les ofrece este lugar de recogimiento y de paz, donde
se viene al encuentro del Señor, sabiendo que la respuesta
fundamental a las esperanzas de los hombres se encuentra en Él.

Vista general del interior de
la capilla del carmelo
A
la derecha de la nave se encuentra la capilla del sepulcro de la Santa.
Tuvo
que ser restaurada por causa de la humedad: la desaparición
de las imágenes simbólicas ofrece un aspecto de austeridad
más conforme con la Santa Carmelita.

Fotografía del carmelo en tiempos de
Thérèse.
Distribuidos
en el ala izquierda de la capilla se encuentran tres capillas dedicadas
a San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Avila y San José.

Altar de San Juan de la Cruz

Altar de Santa Teresa
de Avila

Altar de San José
En
el atrio de la entrada de la capilla se encuentra una bella escultura
de Thérèse que es la que nos da la siempre la bienvenida
en el Carmelo.

Escultura
entrada del Carmelo.

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